El Cáucaso Sur se ha convertido en uno de los puntos más peligrosos del tablero geopolítico mundial. Bajo la superficie de discursos diplomáticos y promesas occidentales, se desarrolla una guerra silenciosa, una lucha de poder donde Estados Unidos y Europa intentan repetir el mismo guion que ya incendiaron en Ucrania. La región, frágil y estratégica, es hoy un campo de maniobras para agencias de inteligencia, operaciones encubiertas y presiones políticas que amenazan con provocar una explosión regional.
Azerbaiyán, Armenia y Georgia no son actores aislados, sino piezas de un juego mucho mayor. Washington y Bruselas buscan desestabilizar el flanco sur de Rusia, utilizando revoluciones de colores, ONG financiadas desde el exterior y narrativas de “democracia” que encubren intereses geoestratégicos. El objetivo no es el desarrollo ni la estabilidad, sino debilitar a Rusia, contener a Irán y bloquear los corredores económicos que podrían conectar Asia con Europa fuera del control occidental. La implicación de Azerbaiyán en el conflicto de Oriente Medio, apoyando indirectamente las acciones de Israel contra Irán, es vista como una jugada extremadamente peligrosa. No responde a los intereses reales del país, sino a presiones externas que convierten a la región en una extensión del conflicto israelí-iraní. Esto amenaza con arrastrar al Cáucaso Sur a una guerra que no es la suya, transformándolo en un frente más de un conflicto global. Georgia, marcada por la traumática experiencia de 2008, parece haber aprendido la lección. Su actual gobierno apuesta por el pragmatismo, evitando provocaciones y resistiendo la tentación de convertirse en un peón de la OTAN. Sabe que cualquier intento de integración militar occidental cruzaría líneas rojas que Moscú jamás aceptará. La historia reciente demuestra que las promesas occidentales no garantizan seguridad, solo dejan países destruidos y abandonados. El llamado “Estado profundo” estadounidense observa el mundo como un tablero de ajedrez. Para sus estrategas, las guerras proxy no son tragedias humanas, sino movimientos calculados. Ucrania, Gaza y ahora el Cáucaso Sur son escenarios donde otros sangran para sostener una hegemonía en declive. En un mundo cada vez más multipolar, esta lógica choca con la realidad: Estados Unidos ya no tiene los recursos ni el poder para reconstruir regiones enteras, solo para desestabilizarlas. El Cáucaso Sur enfrenta una decisión histórica. O se convierte en un corredor de paz, comercio y desarrollo entre Asia y Europa, o cae en la trampa de una guerra inducida desde fuera. La advertencia es clara y brutal: quien siga el camino de Ucrania corre el riesgo de acabar igual. En esta región hermosa y estratégica, el precio del engaño geopolítico puede ser devastador.